jueves, 17 de marzo de 2011
¡Salud!
Levanta la copa, idiota.
Y, como vuelva a escucharte
decir que la vida es injusta
por no favorecerte,
no te serviré de nuevo.
Levanta la copa, compañero.
No me importa si celebramos
el mismo acontecimiento
o si nos odiamos sin saberlo
bajo sonrisas fingidas.
Levanta la copa, estúpido.
No pierdas el tiempo,
que ahorrarías en tu ataud,
con problemas de ceniceros.
No te haré un funeral digno.
Levanta la copa, amigo.
Si el mundo conspira
contra ti es porque
sabe tu nombre.
Guíñale un ojo.
Guíñale un ojo
y sigue adelante,
no pierdas tu tiempo
en ofender a un contrincante.
Dedícate a vencerle.
martes, 8 de marzo de 2011
jueves, 3 de marzo de 2011
El viaje
Tras varias horas de ruta, en una de esas carreteras comarcales sin demasiado tráfico, encontré una esbelta figura femenina al borde de la carretera, mochila en hombros, dedo en alza. Yo no estaba por la labor de permitir que una desconocida entrase en mi coche. Nunca lo he estado, y precisamente esta no sería la primera vez que dejase atrás a alguien que necesitaba de mi caridad. Pero un día es un día. Aminoré la marcha hasta parar, a unos 20 metros por delante de la damisela en apuros.
Por la prisa y el poco tiempo que tardó en asomar por la ventanilla de copiloto, deduje que no eran precisamente cinco los minutos que había estado esperando a que algún alma caritativa, como yo, parase a socorrerla.
Me contó, después de agradecérmelo hasta la saciedad, que había tenido que recurrir a esa situación por una mala planificación y unos compañeros indeseables de viaje. Pero lo contaba con una sonrisa radiante. También me dijo su nombre; Selena.
Por mi parte, le conté que el motivo de mi viaje era simplemente inquietud personal, y que mi destino era Huelva, más concretamente las marismas de Odiel, por varios motivos; mi labor de fotógrafo para una revista de naturaleza, y porque tenía amistad con un viejo que vivía en Gibraleón.
Se la veía exhausta, pero atendía a cada palabra que iba diciéndole como si se le fuera la vida en ello, con casi más entusiasmo que un niño en víspera del día de Reyes. Ella viajaba a Sanlúcar la Mayor, en Sevilla. Casi en ruta con mi destino.
La conversación continuó muchos kilómetros. Era, francamente, adorable. Me contaba muchos aspectos de su vida que uno no suele contarle al primero que se cruza, pero imagino que vio en mí a alguien decente –no en vano fui el único que paró a rescatarla- en quien confiar. Varias de sus anécdotas me hicieron carcajear, otras me emocionaron hasta el borde del llanto. Supe de sus labios que un chico la dejó plantada en el altar dos años atrás. También que adoraba los paseos por la montaña y el senderismo, y que tenía en un pedestal a Kutxi Romero. Cuál fue su sorpresa al ver cómo mi mano arrastraba desde la guantera hasta el reproductor un disco de Marea. Casi me come. Esta chica ganaba por momentos.
Mientras ella tarareaba alguna de las canciones, decidí hacer una parada de descanso:
-Te invito a un café.
De nuevo millones de agradecimientos. No pararon hasta que los cafés y las tostadas estaban en la mesa.
-No me has contado mucho de ti. –Dijo entre sorbos-.
Me encogí de hombros. Es difícil explicarle a alguien el porqué de tu parquedad.
-Quizá porque no hay mucho que contar. Mi vida no es muy interesante; ni siquiera mis amigos me dejan tirado en un viaje.
Guiñé un ojo. Entendió la broma, gracias a los dioses.
Abrí un poco mi coraza interna y me esforcé en contarle pinceladas acerca de mi vida. Le conté todos mis viajes; cómo en la Charca de Suárez casi muero ahogado por culpa de un pájaro esquivo o cómo me quedé sin gasolina a medio camino entre Despeñaperros y Almuradiel y tuve que recorrer varios kilómetros a pie, en mitad de la noche.
El tiempo volaba y, cuando quise mirar el reloj, era la hora de irse. Ya casi anochecía, y aún quedaban un par de horas de viaje -para ella-.
El rojo del sol, que además bañaba el terreno de un color cobrizo que contrastaba con el verde puro de las copas de los árboles, penetraba entre los cabellos claros de mi doncella. Fue en ese momento cuando vi por primera vez con claridad el color de sus ojos. Verdes. Intensos.
Creo que se percató de que la observaba, así que me apresuré y entré en el coche.
Las siguientes dos horas fueron las más rápidas de mi vida. Miraba constantemente la saeta del reloj, como esperando que de pronto se parase, y con ella el resto del mundo. No lo conseguí, pero que no se diga que no puse empeño.
Inevitablemente, tuve que asistir al rito de la despedida, de ver cómo se apeaba del trono que la había convertido por unas pocas horas en reina de mis delirios. Y con ella se fue el último azote de sol, colina arriba. Y mi sonrisa.
Hasta siempre, amiga.
martes, 1 de marzo de 2011
Visceral
Aquí estoy, arrastrando esta melancolía
por el papel de mis entrañas, escribiendo
en mi cuerpo la distancia que la causa.
Soy un maniquí del tiempo que existía,
un brazo del mar agarrando de la asa
del cielo, que resbala y cae de nuevo.
Una triste e insípida melodía
sin su piano. Un rey que muevo
sin su reina en este ajedrez sin fin.
Clamando por el resto de mis días:
Que alguien pare ese violín.
jueves, 24 de febrero de 2011
Vicisitud climatológica
En una extraña pirueta del destino, salí a la calle un día de sol con paraguas y me llovieron cientos de puñales en forma de palabras.
domingo, 20 de febrero de 2011
El refugio
A veces, suelo esperar a los días de viento. Entonces salgo al bosque solo para que los árboles me den la razón.
jueves, 17 de febrero de 2011
Esta noche haré una excepción
Yo no sé escribirle al amor
-ni mucho menos al verdadero-
pero esta noche haré una excepción.
Y la haré porque...
Las flores que recorren mil veredas
son ya tuyas sin pedirlas,
tiempo ha que las ganaste
en un concurso de sonrisas.
Sin trampas ni cartón-piedra
te descubres ante mí,
con la naturaleza en tus ojos,
y yo, con el corazón a mil.
Una vez amarrado a tus manos
suelo pisotear a Chronos,
que tarde en recuperarse
¿sabe, acaso, quiénes somos?
Y ya con esa libertad
poder perderme entre tus brillos,
no necesito mucho más;
solo besos y guiños.
Y que no se recupere nunca;
para mí siempre es pronto.
Que no se abran tus brazos,
que yo me quedo dentro.
Yo no sé escribirle al amor
-ni mucho menos al verdadero-
pero esta noche haré una excepción.
Y la haré porque te quiero.
miércoles, 16 de febrero de 2011
No les votes
No comentaré mucho más, solo me remitiré a www.nolesvotes.com
Tomad tres minutos de vuestro tiempo y leedlo. Luego recapacitad, y si estáis de acuerdo, ayudad a difundirlo. Podéis usar vuestro blog, vuestra red social favorita, etc. Cualquier medio es bueno.
También podéis echarle un vistazo a esto.
sábado, 12 de febrero de 2011
El peso de la verdad
Sentados, al borde del abismo y con sus brazos rodeándose, se juraron amor eterno. El cielo cambió de color. Ya anochecía su amor.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Amor
A pesar de las adversidades, ella nunca se rindió en su aventura de sobrevivir. Incluso sabiendo que no tenía escapatoria alguna, o, si acaso, una leve pero esperanzadora posibilidad de huir, su mirada emanaba esa melancolía propia de quien nunca renuncia, mezclada con el odio que campaba a sus anchas por la estrecha habitación.
Pasé un trapo por su frente para secar el sudor de la impotencia de no poder apenas moverse, de tener que tragar su voz. Ese grito mudo que rompía el silencio.
Yo intentaba no mirarla a los ojos, temía sucumbir a mis instintos más nobles, temía que acabara convenciéndome para dejarle huir.
Su mirada era cautivadora. No tuve más remedio que volver a mirarla, era imposible resistirse, y en ella hallé el verdadero motivo por el que matar, por el que morir. Por el que vivir.
Sus lágrimas no hacían más que embellecerla, recubriendo su azul más puro de un elixir único y fascinante. Estuve mirándola durante unos minutos.
Creo que yo también lloré. Siempre lo hago cuando esto ocurre, es cuando te das cuenta de lo que estás haciendo y su significado, pero ya no hay vuelta atrás. Ella no se dio cuenta.
Suspiré y miré el reloj. La noche se alejaba para dar paso a las primeras luces del día.
Mientras preparaba todo, a mi mente llegaron las imágenes fotográficas de cómo llegué a ésta situación.
Empezó meses atrás, cuando, al salir de un conocido local de mi ciudad, me crucé con ella. Su perfume me embriagó por completo, su imagen era la de una Diosa entre mortales. Recuerdo esa sonrisa, ahora desaparecida, acompañada de la melodía de su voz.
La seguí durante semanas, a todas horas y sin que ella lo notase. Fue tal la obsesión que dejé de alimentarme, apenas dormía, y no me comunicaba con nadie.
Un día, saliendo de casa, me crucé con un espejo. Detuve mis pasos y miré fijamente la imagen que reflejaba el cristal. Ese no era yo. Tenía los ojos hundidos, mis huesos marcaban cada parte de mi cuerpo y al intentar levantar un brazo para tocar mi rostro, las fuerzas me abandonaron y caí desmayado al suelo.
Abrí los ojos. Ya era de noche. Olía a sangre.
El espejo ya no estaba en su lugar, y en mi mano había trozos de él, incrustados en los nudillos.
La odié. La odié tanto que noté una presión enorme en mis sienes. Apreté los puños y los dientes. Estaba furioso.
Miré el reloj y vi que era exactamente medianoche. Sabía dónde estaba ella.
Apresurado, corrí hacia mi coche, dejando la puerta de mi casa abierta. No importaba.
Como supuse, la encontré a punto de llegar a su casa. Salí de la oscuridad y, por detrás, la agarré tapando su boca para evitar el inevitable grito. Me mordió una vez. La golpeé en la cabeza y cayó desmayada.
Al verla en el suelo, arropada con su propio cabello rubio, vi a una princesa muerta, inerte.
Como pude, la coloqué en la parte de atrás de mi vehículo y me alejé de allí con gran celeridad, para dirigirme de nuevo a mi hogar. Ahora no me importaba si alguien me veía.
La puerta seguía abierta, y al entrar encontré de nuevo los restos del espejo por el suelo. Tapé su boca con un trapo de cocina, y la até con una vieja cuerda que encontré en mi habitación. Después me senté a esperar a que se despertara, con mi revolver en la mano. Giré el tambor hasta familiarizarme con el cautivador sonido que emitía. Creo que pasaron unas horas.
De pronto, al sonido del tambor se añadió un leve gemido ¡Por fin había despertado!
Pude ver cómo abría los ojos lentamente, y cómo, al verme, intentaba gritar con todas sus fuerzas.
Yo la miraba en silencio, mientras ella intentaba entender y asimilar la situación. También pude ver la primera lágrima caer por su rostro. Creo que intentaba decirme algo.
-Mira en lo que me has convertido. – Le dije.
Ella negaba con la cabeza. Su desesperación aumentó al ver mi revolver.
Con una mirada triunfante, pues me sentía superior a ella, a una Diosa, acerqué el revolver a su cabeza.
Ella seguía negando con la cabeza, llorando más y más. Miraba al cielo como pidiendo ayuda. Se agitaba.
Me miró fijamente, sólo durante un segundo, pero me miró. La miré.
-No puedo seguir así, no quiero seguir así. – Dije
Sonreí y apreté el gatillo. Silencio.
...
Pasé un trapo por su frente para secar el sudor de la impotencia de no poder apenas moverse, de tener que tragar su voz. Ese grito mudo que rompía el silencio.
Yo intentaba no mirarla a los ojos, temía sucumbir a mis instintos más nobles, temía que acabara convenciéndome para dejarle huir.
Su mirada era cautivadora. No tuve más remedio que volver a mirarla, era imposible resistirse, y en ella hallé el verdadero motivo por el que matar, por el que morir. Por el que vivir.
Sus lágrimas no hacían más que embellecerla, recubriendo su azul más puro de un elixir único y fascinante. Estuve mirándola durante unos minutos.
Creo que yo también lloré. Siempre lo hago cuando esto ocurre, es cuando te das cuenta de lo que estás haciendo y su significado, pero ya no hay vuelta atrás. Ella no se dio cuenta.
Suspiré y miré el reloj. La noche se alejaba para dar paso a las primeras luces del día.
Mientras preparaba todo, a mi mente llegaron las imágenes fotográficas de cómo llegué a ésta situación.
Empezó meses atrás, cuando, al salir de un conocido local de mi ciudad, me crucé con ella. Su perfume me embriagó por completo, su imagen era la de una Diosa entre mortales. Recuerdo esa sonrisa, ahora desaparecida, acompañada de la melodía de su voz.
La seguí durante semanas, a todas horas y sin que ella lo notase. Fue tal la obsesión que dejé de alimentarme, apenas dormía, y no me comunicaba con nadie.
Un día, saliendo de casa, me crucé con un espejo. Detuve mis pasos y miré fijamente la imagen que reflejaba el cristal. Ese no era yo. Tenía los ojos hundidos, mis huesos marcaban cada parte de mi cuerpo y al intentar levantar un brazo para tocar mi rostro, las fuerzas me abandonaron y caí desmayado al suelo.
Abrí los ojos. Ya era de noche. Olía a sangre.
El espejo ya no estaba en su lugar, y en mi mano había trozos de él, incrustados en los nudillos.
La odié. La odié tanto que noté una presión enorme en mis sienes. Apreté los puños y los dientes. Estaba furioso.
Miré el reloj y vi que era exactamente medianoche. Sabía dónde estaba ella.
Apresurado, corrí hacia mi coche, dejando la puerta de mi casa abierta. No importaba.
Como supuse, la encontré a punto de llegar a su casa. Salí de la oscuridad y, por detrás, la agarré tapando su boca para evitar el inevitable grito. Me mordió una vez. La golpeé en la cabeza y cayó desmayada.
Al verla en el suelo, arropada con su propio cabello rubio, vi a una princesa muerta, inerte.
Como pude, la coloqué en la parte de atrás de mi vehículo y me alejé de allí con gran celeridad, para dirigirme de nuevo a mi hogar. Ahora no me importaba si alguien me veía.
La puerta seguía abierta, y al entrar encontré de nuevo los restos del espejo por el suelo. Tapé su boca con un trapo de cocina, y la até con una vieja cuerda que encontré en mi habitación. Después me senté a esperar a que se despertara, con mi revolver en la mano. Giré el tambor hasta familiarizarme con el cautivador sonido que emitía. Creo que pasaron unas horas.
De pronto, al sonido del tambor se añadió un leve gemido ¡Por fin había despertado!
Pude ver cómo abría los ojos lentamente, y cómo, al verme, intentaba gritar con todas sus fuerzas.
Yo la miraba en silencio, mientras ella intentaba entender y asimilar la situación. También pude ver la primera lágrima caer por su rostro. Creo que intentaba decirme algo.
-Mira en lo que me has convertido. – Le dije.
Ella negaba con la cabeza. Su desesperación aumentó al ver mi revolver.
Con una mirada triunfante, pues me sentía superior a ella, a una Diosa, acerqué el revolver a su cabeza.
Ella seguía negando con la cabeza, llorando más y más. Miraba al cielo como pidiendo ayuda. Se agitaba.
Me miró fijamente, sólo durante un segundo, pero me miró. La miré.
-No puedo seguir así, no quiero seguir así. – Dije
Sonreí y apreté el gatillo. Silencio.
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