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domingo, 16 de enero de 2011

Trilogía experimental de una despedida [III]



Tercer acto: Asfalto mojado.

Este mes que empieza
y no se acaba
y jamás terminará
porque este mes
será infinito y
en el infinito quedará

me quedé mirando
las estrellas que no miran
que no miras, porque
solo tienes ojos
para verme
casi (casi) como un resorte.

Era casi (casi) como una escena
de esas películas
que nadie ve
pero que todos aman,
como yo te amo,
incondicionalmente.

Hasta que todo terminó
y, como en las películas,
nadie quiso explicaciones.
Tu camino y mi camino
ya no eran algo de tierra y pequeño
sino autovías de carriles con camiones.

Tú viraste
y yo también.
No hacia el mismo lado
pero sí, sin entenderlo,
francamente, con el mismo
objetivo marcado.

Trilogía experimental de una despedida [II]



Segundo acto: Las súplicas.

Mierda.
No sabrás hoy ni mañana
-y puede que nunca-
las horas muertas que paso
intentando revivir las horas
contigo.

Que soy lo que quieras que sea,
no me importa. Seré lo que
nunca tengas si así
quieres vivir.
Pero déjame un lugar,
un espacio/tiempo, diminuto,
para compartir.
Algo a que aferrarme.

Me miras y frunces el ceño,
con voz de falsa arrepentida comentas que
no controlas tus deseos.
Yo tampoco, y aquí estoy.
Luego me abrazas. Fuerte.

Gracias.
Gracias por ese espacio/tiempo
-diminuto-. Luego me doy cuenta
de que quiero más, y te lo pido.
No me lo das, pero me guiñas el ojo.
Gracias.

Trilogía experimental de una despedida [I]



Primer acto: La llegada.

Bebías ginebra y fumabas.
El humo del cigarro me da asco, pero en tus labios no
era diferente a tu cabello.
Y tu cabello era santo y seña de mi pasión.
Llamé por su nombre a mis instintos
cuando tu voz quebró la escasa cordura,
ese hilo fino que enhebra mis sentidos,
llamándome 'desgraciado'. Te amo.
Y lo sabes.

Decidí que sonreir era adecuado. Entonces comprendí
porque siempre dices que me equivoco.
Y el golpe resonó en mis entrañas. Ay, cuánto te quiero.

Dicen que si repites mucho
una mentira acaba pareciendo verdad, y creo que es cierto.
Yo me repito a diario que soy tuyo
y que eres mía y que las luces del puerto
no son más que golondrinas deslucidas.
Quería colores claros en mi cueva
porque, aunque a oscuras no los viera,
sé que estarían allí, esperándome.
Y lo sabes.