jueves, 2 de junio de 2011

Mar de hierro



Era una mancha en medio del cielo azul esa inseguridad que le embargaba, la que hizo temblar su pulso, cuchillo en mano. No quería hacerlo, pero lo hizo.
Cerró el puño y parpadeó continuamente. Miró a su alrededor, confuso.
Su sangre, en el suelo, tomó la forma de un inocente corazón y con su dedo dibujó dos iniciales. Las letras temblaban.
Y voló. Nunca estuvo más cerca del suelo, pero voló.
Desplegó sus alas de plástico al ver un atisbo de libertad y no dudó. Creyose libre en un océano de dudas amargas y saladas, un mar de hierro.
Como un relámpago, su nombre surcó el cielo entre admiraciones y cortó sus nuevas alas.
Pasaron unos minutos, vagando entre olas de dolor. Y muchos brazos con sus manos cogían a puñados su libertad entre gritos de esperanza. Pero él quería ser libre.
Su cuerpo viajó a gran velocidad, entre luces y ruido. Hasta que todo quedó en silencio.
Pero su mente seguía en ese mar de hierro. Se aferró a él. Quiso ahogarse en él, empaparse de libertad. Buceó por ese océano apartando las dudas más profundas, esas que no se ven pero están ahí, que habían adquirido forma de algas desaliñadas.
Y cuando ya no había dudas, ni vuelta atrás, cuando todo estaba despejado, lo entendió. Ese mar siempre estuvo dentro de él, manteniéndole con vida.

miércoles, 1 de junio de 2011

Fragmentos



[...Una tarde de otoño imposible de olvidar. Las hojas caían; el calor daba paso al frío; el cielo estaba claro, demasiado azul, y el sol aún no se escondía detrás de las montañas. Y mi vida se destruía junto a la tuya.]

[...Pasaron unos minutos hasta que tu corazón dejó de latir. Unos minutos angustiosos, eternos, en los que no paraba de repetir cuánto te amaba. Te veía con los ojos cerrados, con una extraña sonrisa, y mis lágrimas paseando por tu cara. Nunca olvidaré tus últimas palabras: ‘Todo irá bien’. Fue la primera vez que me mentiste. Y la última vez que te vi.]

jueves, 26 de mayo de 2011

El final



Luchó toda su vida por la libertad y, cuando la tuvo, se sintió más preso que nunca.

miércoles, 13 de abril de 2011

Tú y yo



¿No entiendes que tú eres yo? No existe un nosotros, yo no creo en esas baratijas que nos venden por la calle. Existe un tú y yo. Con una hermosa y fehaciente conjunción copulativa (ah, dichosa ironía) entre medias. Pero inseparables. Y eso es lo bonito. Separados pero inseparables.
Hagas lo que hagas, yo también. Nosotros no. Tú y yo. Inseparables.

miércoles, 6 de abril de 2011

Autobiografía demostrativa de la mediocridad de mi ser


Dos palomas, con sus enfermedades,
me acompañan indecisas
haciendo de mí, taciturno,
una imagen apocalíptica.

Adorno, cada otoño, mi tumba
con las mejores hojas secas,
con clavos, con cuchillos,
con relatos y poemas.

La canción de mi vida
la cantan miles de fracasados
al unísono, como imbéciles,
obnubilados y amargados.

Me asquea la sinrazón,
la estupidez, la desidia;
los cerrojos que se empeñan
en cerrarme las heridas.

Rechazo, casi instintivamente,
cualquier atisbo de poder,
cualquier gota de miel
enriquecida con tu fe.

¿Para qué quiero
toda esa mierda
si, al final del camino,
nada de eso queda?

martes, 5 de abril de 2011

El retorno


Soñó toda su vida con este día, para evitar que llegase.

jueves, 17 de marzo de 2011

¡Salud!


Levanta la copa, idiota.
Y, como vuelva a escucharte
decir que la vida es injusta
por no favorecerte,
no te serviré de nuevo.

Levanta la copa, compañero.
No me importa si celebramos
el mismo acontecimiento
o si nos odiamos sin saberlo
bajo sonrisas fingidas.

Levanta la copa, estúpido.
No pierdas el tiempo,
que ahorrarías en tu ataud,
con problemas de ceniceros.
No te haré un funeral digno.

Levanta la copa, amigo.
Si el mundo conspira
contra ti es porque
sabe tu nombre.
Guíñale un ojo.

Guíñale un ojo
y sigue adelante,
no pierdas tu tiempo
en ofender a un contrincante.
Dedícate a vencerle.

martes, 8 de marzo de 2011

Carbón



Dedicó toda su vida a escribir su biografía y, cuando hubo acabado, notó que no había vivido.

jueves, 3 de marzo de 2011

El viaje



Tras varias horas de ruta, en una de esas carreteras comarcales sin demasiado tráfico, encontré una esbelta figura femenina al borde de la carretera, mochila en hombros, dedo en alza. Yo no estaba por la labor de permitir que una desconocida entrase en mi coche. Nunca lo he estado, y precisamente esta no sería la primera vez que dejase atrás a alguien que necesitaba de mi caridad. Pero un día es un día. Aminoré la marcha hasta parar, a unos 20 metros por delante de la damisela en apuros.

Por la prisa y el poco tiempo que tardó en asomar por la ventanilla de copiloto, deduje que no eran precisamente cinco los minutos que había estado esperando a que algún alma caritativa, como yo, parase a socorrerla.
Me contó, después de agradecérmelo hasta la saciedad, que había tenido que recurrir a esa situación por una mala planificación y unos compañeros indeseables de viaje. Pero lo contaba con una sonrisa radiante. También me dijo su nombre; Selena.

Por mi parte, le conté que el motivo de mi viaje era simplemente inquietud personal,  y que mi destino era Huelva, más concretamente las marismas de Odiel, por varios motivos; mi labor de fotógrafo para una revista de naturaleza, y porque tenía amistad con un viejo que vivía en Gibraleón.
Se la veía exhausta, pero atendía a cada palabra que iba diciéndole como si se le fuera la vida en ello, con casi más entusiasmo que un niño en víspera del día de Reyes. Ella viajaba a Sanlúcar la Mayor, en Sevilla. Casi en ruta con mi destino. 

La conversación continuó muchos kilómetros. Era, francamente, adorable. Me contaba muchos aspectos de su vida que uno no suele contarle al primero que se cruza, pero imagino que vio en mí a alguien decente –no en vano fui el único que paró a rescatarla- en quien confiar. Varias de sus anécdotas me hicieron carcajear, otras me emocionaron hasta el borde del llanto. Supe de sus labios que un chico la dejó plantada en el altar dos años atrás. También que adoraba los paseos por la montaña y el senderismo, y que tenía en un pedestal a Kutxi Romero. Cuál fue su sorpresa al ver cómo mi mano arrastraba desde la guantera hasta el reproductor un disco de Marea. Casi me come. Esta chica ganaba por momentos.

Mientras ella tarareaba alguna de las canciones, decidí hacer una parada de descanso:

-Te invito a un café.

De nuevo millones de agradecimientos. No pararon hasta que los cafés y las tostadas estaban en la mesa. 

-No me has contado mucho de ti. –Dijo entre sorbos-.

Me encogí de hombros. Es difícil explicarle a alguien el porqué de tu parquedad.

-Quizá porque no hay mucho que contar. Mi vida no es muy interesante; ni siquiera mis amigos me dejan tirado en un viaje.

Guiñé un ojo. Entendió la broma, gracias a los dioses.

Abrí un poco mi coraza interna y me esforcé en contarle pinceladas acerca de mi vida. Le conté todos mis viajes; cómo en la Charca de Suárez casi muero ahogado por culpa de un pájaro esquivo o cómo me quedé sin gasolina a medio camino entre Despeñaperros y Almuradiel y tuve que recorrer varios kilómetros a pie, en mitad de la noche. 

El tiempo volaba y, cuando quise mirar el reloj, era la hora de irse. Ya casi anochecía, y aún quedaban un par de horas de viaje -para ella-.
El rojo del sol, que además bañaba el terreno de un color cobrizo que contrastaba con el verde puro de las copas de los árboles, penetraba entre los cabellos claros de mi doncella. Fue en ese momento cuando vi por primera vez con claridad el color de sus ojos. Verdes. Intensos.
Creo que se percató de que la observaba, así que me apresuré y entré en el coche.

Las siguientes dos horas fueron las más rápidas de mi vida. Miraba constantemente la saeta del reloj, como esperando que de pronto se parase, y con ella el resto del mundo. No lo conseguí, pero que no se diga que no puse empeño.

Inevitablemente, tuve que asistir al rito de la despedida, de ver cómo se apeaba del trono que la había convertido por unas pocas horas en reina de mis delirios. Y con ella se fue el último azote de sol, colina arriba. Y mi sonrisa.

Hasta siempre, amiga.

martes, 1 de marzo de 2011

Visceral


Aquí estoy, arrastrando esta melancolía
por el papel de mis entrañas, escribiendo
en mi cuerpo la distancia que la causa.

Soy un maniquí del tiempo que existía,
un brazo del mar agarrando de la asa
del cielo, que resbala y cae de nuevo.

Una triste e insípida melodía
sin su piano. Un rey que muevo
sin su reina en este ajedrez sin fin.

Clamando por el resto de mis días:
Que alguien pare ese violín.